De tener un lugar en la cumbre a buscar un lugar en la industria

493

La suerte de los, en otros tiempos no tan lejanos, llamados medios impresos no parece muy halagüeña en un futuro más o menos cercano, por lo menos en España. Basaron, desde siempre, su esencia de marca en el prestigio y, con la aparición de nuevos competidores en los últimos años del siglo pasado, me estoy refiriendo a los periódicos gratuitos, confundieron el significado de prestigio con el de altanería, perdiendo una primera y crucial batalla. Desde luego a sus responsables, los grandes editores, les pareció que la habían ganado restringiendo la competencia en las cercanías de sus puntos de distribución, los quioscos, sometiendo a los anunciantes tradicionales de prensa a grandes presiones en contra de los nuevos soportes y actuando, en suma, con un contenido menosprecio hacia la nueva competencia no tratándola como tal.

Ya habían comenzado a perder distribución pero pareció no importarles, ya pasaría la tormenta como tantas otras veces, el prestigio y las élites eran suyas. Pero llegó la red con la revolución tecnológica y de uso de la comunicación más radical que se conoce y las cosas se pusieron feas de verdad, aunque desde dentro del sector impreso nunca se tomó demasiado en serio. Quizás fuera, en un principio, por aquello de “virgencita, virgencita, que me quede como estoy” ya que los precios de Internet eran casi una ofensa para sus tarifas.
No les voy a contar nada que no sepan, pero el caso es que cuando la situación económica
les ha apretado de verdad, esas tarifas de “prestigio” se han caído estrepitosamente a fin de rascar lo poco que el mercado les tiene reservado. Por último, han abandonado su esencia de marca, creyendo que podían hacer lo que otras empresas cuyos productos no tienen el alto valor añadido que tiene la información: Diezmar las plantillas de sus mejores profesionales sustituyéndolos por mano de obra barata e inexperta.

Es decir, cuando tenían que ser flexibles con la situación cambiante de la industria, fueron
inflexibles y ahora que podrían destacarse del magma les da miedo posicionarse por encima
de él. La verdad es que lo tienen crudo, sobre todo por que cualquier plan de negocios que sitúe el ratio publicidad/otros ingresos por encima de uno está condenado al fracaso y no se ven indicios de estrategias que lleven a cualquier otra proporción.
Probablemente, y aparte de la comercialización de suscripciones, si profundizaran en
proporcionar a los anunciantes planes estables, anuales por ejemplo, de colaboración
con figuras nuevas y no tan nuevas que podrían ir desde los patrocinio de verdad a colaboraciones en contenidos no sensibles para la línea de información del soporte, o si
como ejercicio de transparencia informativa se posicionaran claramente en cuanto a
sus afinidades políticas y sociales e invirtieran en la recuperación de profesionales de
prestigio que alejen las sospechas de noticias falsas o interesadas. Podrían recuperar el
prestigio perdido y encontrar su lugar, ya no en la cumbre del ecosistema, pero sí en
un lugar al sol.
Por supuesto que si fuera así de fácil quizás ya estaría hecho, pero una reflexión no precipitada pero sí inmediata es necesaria no sólo para las empresas editoras de lo que antes llamamos la prensa, sino para los usuarios de la información, que somos unos cuantos y a los que nos horroriza la proliferación de barbaridades con la que nos encontramos a diario fuera de los soportes tradicionales. Hasta la vista.